Iboibo

Iboibo
De *ibayyu-əbiwa > iboyybio, m. lit. ‘lugar abandonado o despreciado’.

iboi – bo. Cf. [R·D].

1. Tf. Top. Lugar en Adeje. Var. Ibobio, Ibovio, Ivobio. 

2. En pl. Tf. desus. Soc. Grupo social encargado de mirlar el cadáver y enterrar al difunto. Como consecuencia del trato con la sangre y la carne muerta, su ocupación se consideraba impura por el resto de la comunidad, que evitaba su cercanía.

§ «Ibovio, T[érmino] j[urisdicción] de Adeje en Tenerife» [Álvarez Rixo (ca. 1860) 1991: 73].

§ «Por propia iniciativa, nadie sabe cómo se enteraban, o porque la familia del difunto anunciaba la muerte con un toque de bucio, los iboibos se presentaban en completo silencio, con su largo manto de piel de cabra y la cara pintada de blanco, aunque permaneciendo en las inmediaciones del auchón del moribundo hasta que se consumaba la defunción. Eran repudiados por su contacto con la sangre y la muerte, aunque tenían el paso franco por todos los bandos para cumplir su función, incluso en tiempo de guerra. A veces llegaban sin ser avisados, porque intuían un fallecimiento inminente, lo cual no agradaba a las familias, que los recibían a pedradas. Cerca de la residencia del difunto, encendían una hoguera como representación del sol, lugar al que el alma debía regresar. Luego, se llevaban el cadáver a unos lugares que hoy suelen ser identificados como La Tosca de o La Medida, donde los lavaban, secaban y trataban según disponía la taucho o tradición de los muertos. El cuerpo ya mirlado se depositaba en una cueva con una tarja distintiva, que era copiada en una madera o en un trozo de cuero y se entregaba a la familia para que lo pudiera identificar. Un iboibo permanecía en completo ayuno durante un mes en la entrada de la cueva para observar las señales que indicaban si el alma del difunto había continuado su camino hacia el sol o por el contrario iba a Chinechi, con el peligro de quedarse haciendo maldades o arrimarse a los vivos. Todo esto son informaciones que obtuve de mis conversaciones con don Miguel el Gago, un cabrero del barrio de san Juan (en Güímar), mi bisabuela materna, cha Paula Bethencourt la Pantaliona, de Agache, y mi abuelo paterno, Isidro Hernández, también de Agache, conocido por Isidro Coche» [Fernando Hernández González, com. pers. 1-XI-2008].

§ Cf. «[…] (Y al cuerpo muerto le llamauan Xaxo) / Y aſsi de aqueſte modo le ponian / En anchas cuebas y deciertos cerros, / Y para aqueſte efecto de mirlallos, / auia ciertos hombres, y mugeres, // Que eſto tenian por comun oficio / Haziendo abitacion a ſolas juntos, / Sin que con ellos conuerſaſe alguno / Que dellos preſumian menos precio / Y a todos los tenian por inmundos / Y aſsi ſe conocia ſu linage» [Viana 1604, I: 19r-19v].

§ Cf. «Su mayor interés [del médico galés Evan Pieugh] fue preguntar a esta gente sobre la tradición que tenían acerca de su embalsamamiento y conservación; de algunos de los más viejos [de Güímar] (más de ciento diez años de edad) recogió el siguiente relato: que antiguamente existía una casta especial que tenía este oficio [mirlado], que sólo ellos ejercían y que conservaban como algo sagrado que no debía ser comunicado al vulgo. No se mezclaban con el resto de los habitantes, ni se casaban con nadie que no fuera de su propio grupo; también eran sus sacerdotes y ministros religiosos. Que la mayoría de ellos fueron exterminados durante la conquista de los españoles, que el arte se perdió con ellos y que sólo conservaban algunas tradiciones de unos pocos ingredientes que se utilizaban en esta práctica […]» [Sprat (1667) 1998: 109-110].